sus exigencias parten la esperanza,
en sus manos se desliza la codicia
por gobernar lo que no le pertenece
acepta el sacrificio homicida
renunciando a la bonanza.
Presto su niño será oculto
y puesto en destierro, sin saberlo.
Los espantos cómplices protegen la huida
y tan sólo se oye un trueno.
Hoy el desquicio se enciende
en sus ojos mustios
llenos de ridiculez y fatalidad
entre sus huesos lánguidos
sus músculos estriados.
Usted sólo gime con lentitud,
su boca expulsa ruidos mezquinos
pero voraces al mismo tiempo,
continua irrisorio y mínimo
furia y presa de si mismo.
La angustia del mañana
se apodera de su crédito
que con sus uñas
aruña al recién nacido
se lo carcome
y con su propio llanto acecina
la ternura de sus muslos.
Todo sea fructífero
con tal que bajo su poderío partase el firmamento
y la sangre que no llegase a coagular en su estomago
bañara la tierra.
Venganza vendrá
y de nada servirá,
según la profecía
un rayo cruzará
su pecho en agonía.
Las desgracias ocultan
una comedía ajena,
que a carcajadas embiste
la amargura propia.
El acto continua
elevando la desdicha
perpetuando la condena,
nada ha sido accidental.
Maldito sea el destino
que enfrenta padre e hijo.
El día vendrá pronto
y el parricida concluirá la tragedia,
mientras tanto el filicida espera
masticando su muerte.
| Francisco de Goya 1823 |
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